No me siento destinado a serlo, pero sí a tener ese instinto (o mal recuerdo de la infancia) que no me dejará tranquilo hasta que destaque del resto. ¿Cuál resto? ¿Ser mejor que quién? ¿Mejor hacia dónde? ¿Me muevo acá o acá?
Lo único que sé sobre el camino de mi grandiosidad es que será arte puro. Todo yo seré arte. Imagino que esa será una buena meta: tener una vida que se compare a esos increíbles cuadros de Kandinsky, una vida que sea como un estadio desbordante de multitudes. Que cada cosa sea la mejor obra maestra: lo que vea, lo que duerma, lo que haga. ¿Podré con un abrazo cubista?
Eso de ver si lo que hacemos está bien hecho o se queda en lo mediocre es de lo más difícil. Por ahora hago lo que dice el maestro Aceves Navarro: Trazar cada línea como si se me fuera la vida en ella… y cada beso, y cada insulto, y cada pedazo de carne que me echo a la boca.








